Murió Gabriel Vargas, el genial creador de La Familia Burrón, a la edad de 95 años, en la Ciudad de México. Al igual que otros artistas y escritores populares, como Chava Flores y Renato Leduc, durante los últimos años de su vida fue tomado como objeto de estudio por intelectuales snobs de toda laya: críticos de arte, “cronistas”, sociólogos, comunicólogos etc., que interpretaron su obra desde los más diversos puntos de vista. Pero independientemente del interés despertado en las altas esferas de la cultura, sus más fieles seguidores fueron los habitantes de las barriadas de la Ciudad de México, que se vieron reflejados en la que fue la historieta más leída desde fines de los cuarentas hasta bien entrado el siglo XX. Las vecindades del primer cuadro, hoy llamado Centro Histórico, así como las colonias proletarias con sus pulquerías, perros callejeros y una legión variopinta de personajes fueron plasmados en las páginas de La Familia Burrón, sin olvidar a Filemón Metralla y al campirano Güen Caperuzo. Si se hiciera un censo de los tipos populares que aparecen en sus páginas, saldría una lista tan larga como en la balzaquiana Comedia Humana.
En verdad, La Familia Burrón no sólo fue retrato fiel del México profundo, broncudo y pachanguero: Tepito, Peralvillo, la Merced, la Candelaria de los Patos, el Peñón, la Moctezuma, la Obrera y la Romita, entre otros parajes citadinos, sino también se constituyó en modelo de comportamiento para muchos que de ahí tomamos su lenguaje verbal, gestual y corporal. Muchos giros lingüísticos incorporados al léxico común de las barriadas salieron del mundo burronesco.
Decir que los Burrón influyeron literalmente en la vida cotidiana de quienes nacimos por los rumbos del DF en la primera mitad de la pasada centuria, es una verdad de Pero Grullo. Porque, en efecto, leímos diariamente las andanzas de don Regino el peluquero y su esposa, la malora doña Borola, con sus hijos Regino Chico Macuca, además de su perro Wilson, que primero aparecieron en el popularísimo Pepín, editado por García Valseca, el cual además de la célebre familia creada por Gabriel Vargas, incluía desde entonces a Memín Pingüín y otros engendros de Yolanda Vargas Dulché. Después los Burrón emigraron, como Memín Pingüín, y tuvieron revista propia.
Las flotas (palomillas) de las colonias y las vecindades estaban formadas por cuates cábulas y relajientos, con sus respectivos apodos, como en la Familia Burrón, y los borrachitos de las pulquerías eran muy parecidos a Susano Cantarranas, el papá desobligado de Foforito, quien fue adoptado por los Burrón. Hasta el racismo y la discriminación contra los pueblerinos estaba ahí: a la primera “gata” de doña Borola le decían “la camotita” por el color de su piel tirándole a solferino y los indígenas que llegaban a la capital a vender sus hortalizas (a peso los montoncitos) siempre eran José y María, en la historieta de Gabriel Vargas y en la vida real.
Sin tantos aspavientos, Vargas criticó con su humor corrosivo la realidad social y política de una época caracterizada por los abusos de poder contra los desvalidos, que se las arreglaban para defenderse de los atropellos provenientes de los azules (policías), los diputados, los hambreadotes y toda esa fauna que se escudaba en la charola y en las influencias.
Realizada con un estilo propio e inigualable, a La Familia Burrón hoy la comparan con Los Simpson. Sin embargo, apunta María Cristina Rosas, hay una diferencia importante: Gabriel Vargas fue el creador y realizador de su historieta, y aunque muchas personas colaboraron con él, nunca dejó de trabajar en ella. En el caso de Matt Groening, él echó a andar Los Simpson, pero en realidad ha intervenido poco como guionista, tarea que le ha sido encomendada a una enorme cantidad de escritores, claro, siempre bajo su supervisión. Pero sobre todo, los Burrón fueron fruto de una experiencia vital directa y no de archivos de computadora usados por los “creativos”.
No es exagerado considerar a Gabriel Vargas una auténtica gloria nacional, a pesar de que no fue la solemnidad esculpida en piedra la que lo caracterizó. Es merecedor de reconocimiento pleno y del homenaje público. Pero sobre todo, es digno de permanecer en el recuerdo de los que tuvimos en La Familia Burrón un espejo de nosotros mismos, en una ciudad querida, que ya fue devorada por un presente horrendo lleno de monstruosidades, sin el sentido del humor contenido en La Familia Burrón.
La única vez que tuvimos oportunidad de platicar con Gabriel Vargas fue en Oaxaca, durante una reunión del Seminario de Cultura Mexicana. Sería bueno que, en algún momento, esta benemérita institución le ofreciera un reconocimiento póstumo.
Fuente: http://www.ecosdelacosta.com.mx/index.php?seccion=15&id=82845&encabezado=La%20Familia%20Burr%C3%B3n
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